El urbanismo convencional ha operado durante décadas bajo una premisa falsa: que la ciudad es un espacio neutro, diseñado para un ciudadano universal. Esta abstracción, sin embargo, oculta una realidad mucho más compleja y excluyente. El modelo de ciudad hegemónico ha sido pensado por y para un perfil muy concreto: un hombre adulto, sano, trabajador, con acceso a un vehículo privado y sin responsabilidades de cuidado. Este enfoque ha moldeado nuestras metrópolis priorizando la productividad y la movilidad motorizada, relegando a un segundo plano las necesidades de mujeres, infancias, personas mayores, cuerpos diversos y colectivos migrados. La consecuencia es un espacio público que a menudo resulta inseguro, inaccesible o sencillamente hostil para quienes no encajan en ese molde.
Frente a este paradigma agotado, surge con fuerza la necesidad de aplicar una perspectiva de género interseccional al urbanismo. No se trata de una simple “cuota” de diseño, sino de una revisión profunda de los procesos, las prioridades y las herramientas con las que construimos ciudad. Esta mirada crítica, que sitúa la vida y los cuidados en el centro, nos obliga a preguntarnos: ¿para quién diseñamos realmente? ¿Qué voces están ausentes en la toma de decisiones? ¿Cómo podemos transformar el espacio público en un verdadero lugar de encuentro, seguro y acogedor para la diversidad de cuerpos y experiencias que lo habitan? Este artículo explora las claves de esta aproximación, analizando metodologías innovadoras y casos prácticos que demuestran que otra ciudad es posible.
La necesidad de incorporar esta perspectiva no es una moda teórica, sino una respuesta a décadas de planificación urbana que ha ignorado sistemáticamente las experiencias de más de la mitad de la población. Históricamente, la ciudad se ha concebido como un escenario para la producción y el trabajo asalariado, dejando fuera de la ecuación las tareas de sostenibilidad de la vida: el cuidado de criaturas y personas mayores, la compra diaria, la gestión del hogar. Estas actividades, realizadas mayoritariamente por mujeres, son esenciales para el funcionamiento social, pero han sido invisible en los mapas, los presupuestos y los diseños urbanos. Un parque sin bancos para sentarse a vigilar a los niños, un paso de cebra mal iluminado que obliga a un rodeo peligroso o una acera estrecha que impide el paso de un carrito de bebé son, en realidad, microagresiones urbanísticas que penalizan a quienes realizan trabajos de cuidados.
Al aplicar una lente interseccional —que no solo considera el género, sino también la edad, la clase social, la diversidad funcional, la etnia o la identidad sexual—, el diagnóstico se vuelve más preciso. Una mujer mayor con movilidad reducida vive la ciudad de forma muy distinta a una joven migrante que trabaja en el servicio doméstico. Ambas, sin embargo, comparten una vulnerabilidad que el urbanismo tradicional no ha sabido abordar. El objetivo, por tanto, es repensar tanto los espacios como los procesos de diseño desde una óptica crítica y sensible, poniendo en el centro la diversidad de cuerpos, voces, necesidades y deseos. Se trata de construir ciudades que no solo sean funcionales, sino profundamente justas y habitables para todas las personas, reconociendo que la calidad del espacio público es un indicador fundamental de la salud democrática de una sociedad.
Para operacionalizar este enfoque teórico, es necesario contar con herramientas metodológicas concretas. Un ejemplo destacado es la metodología de la “Triple Dimensión” del Espacio Público, que propone un análisis integral del espacio desde tres sistemas fundamentales. Esta aproximación, aplicada con éxito en procesos de diseño colaborativo, permite ir más allá de las soluciones estéticas o funcionales básicas para abordar las necesidades reales de la comunidad. El primer sistema, Accesibilidad y Seguridad, analiza la continuidad del espacio con su entorno, las conexiones peatonales y la percepción de seguridad, prestando especial atención a la iluminación, los recorridos y la eliminación de barreras arquitectónicas que afectan de manera desproporcionada a ciertos colectivos.
El segundo sistema, Confort e Imagen, evalúa cómo el diseño se adapta a las condiciones climáticas, ecológicas y ambientales, al tiempo que integra criterios paisajísticos e identitarios. La presencia de sombra, la calidad del mobiliario urbano o la existencia de espacios de estancia agradables son factores que determinan si un lugar invita a quedarse o, por el contrario, lo convierte en un mero espacio de paso. El tercer sistema, Usos y Actividad, se centra en la convivencia de diferentes actividades y usuarios, buscando resolver conflictos de forma creativa. Esta triada de análisis, cuando se aplica con una perspectiva de género interseccional, desvela cómo un mismo espacio puede ser percibido como un lugar de ocio por un adolescente, como un lugar peligroso al anochecer por una mujer o como un obstáculo insalvable por una persona en silla de ruedas. Solo a partir de este diagnóstico multifocal se pueden plantear soluciones realmente inclusivas.
La aplicación práctica de este enfoque se traduce en una serie de estrategias concretas que redefinen la forma de intervenir en la ciudad. Una de las más importantes es la mejora de la accesibilidad y la continuidad. Esto implica romper con la lógica de las «islas» urbanas mal conectadas. Ya no se trata solo de cumplir con una normativa de rampas, sino de garantizar una accesibilidad universal y sin barreras que permita recorridos fluidos. Por ejemplo, la eliminación de pavimentos resbaladizos, la sustitución de escaleras por pendientes suaves o la creación de pasos de cebra elevados que calmen el tráfico son acciones que benefician a madres con carritos, personas mayores con andadores o ciclistas. La conexión de espacios verdes y zonas de estancia, abriendo recorridos que hoy están cortados por vallas o desniveles, es otra acción prioritaria para crear una red de espacios públicos amables y seguros.
Otra estrategia fundamental es la flexibilización y diversificación de los usos. El urbanismo tradicional tiende a zonificar y a asignar un único uso a cada espacio. Una cancha deportiva, por ejemplo, suele ser un espacio monofuncional, cerrado y a menudo excluyente para quienes no practican ese deporte. La perspectiva interseccional propone repensar estos espacios para que puedan acoger múltiples actividades a lo largo del día. Esto puede implicar modificar parcialmente el cerramiento de una cancha para que, fuera del horario deportivo, pueda albergar un mercado de artesanía o un taller al aire libre. De igual forma, la creación de espacios con sombra y mobiliario adecuado donde sentarse, conversar o simplemente descansar es esencial para fomentar la estancia y la vida comunitaria. La incorporación de zonas de juego para infancias de distintas edades, espacios de ejercicio para adultos mayores o áreas de reunión para jóvenes son acciones que contribuyen a que el parque sea un verdadero «centro activo, flexible e inclusivo».
Más allá de las intervenciones puntuales, la perspectiva de género interseccional nos empuja hacia un cambio de paradigma más ambicioso: la ciudad de los cuidados. Este concepto, impulsado por autoras como Izaskun Chinchilla, propone poner la sostenibilidad de la vida en el centro de la planificación urbana. No se trata de diseñar «para» las personas que cuidan, sino de rediseñar la ciudad para que el propio entorno facilite las tareas de cuidado y las redistribuya de forma más equitativa. Esto implica, por ejemplo, que un barrio no debería ser habitable solo si se tiene coche para ir a un supermercado. Por el contrario, debería garantizar la proximidad a servicios básicos como centros de salud, escuelas, farmacias, lavanderías y parques, permitiendo que las necesidades cotidianas se resuelvan en un radio de 15 minutos a pie.
La implementación de sistemas integrales de cuidado a escala urbana también pasa por repensar la movilidad. Dado que las mujeres son las principales usuarias del transporte público, a menudo realizando viajes encadenados (llevar a los niños al cole, ir al trabajo, hacer la compra, etc.), el diseño de las rutas y frecuencias debe adaptarse a esta realidad. De igual forma, la seguridad, entendida no solo como ausencia de delincuencia sino como confianza para transitar, es un pilar fundamental. La iluminación adecuada, la visibilidad de los espacios, la presencia de comercios de proximidad que generen «ojos en la calle» y la eliminación de rincones oscuros o pasajes subterráneos son medidas esenciales para garantizar que el espacio público sea seguro para todas, especialmente para las mujeres y las niñas. En definitiva, la ciudad de los cuidados es una ciudad que reconoce que todas las personas, en algún momento de su vida, necesitan ser cuidadas y cuidar, y que su estructura física debe reflejar esta interdependencia fundamental.
Imagina que tu barrio es un espacio pensado para una sola persona: un adulto que trabaja fuera de casa, tiene coche y no tiene que cuidar de nadie. Muchas ciudades se han diseñado así, y eso hace que la vida sea más difícil para el resto: para las madres con carritos, para las personas mayores que van andando con bastón, para los jóvenes que buscan un banco donde hablar, o para quienes no tienen coche. Al aplicar una perspectiva de género e interseccional, lo que hacemos es dejar de diseñar para ese ciudadano «ideal» y empezar a diseñar para todas las personas, con sus distintos cuerpos, edades y necesidades. Esto significa poner bancos donde sentarse a descansar, asegurarse de que las aceras son anchas para que quepan dos sillas de ruedas, iluminar bien los pasos de cebra y crear parques donde no solo haya canchas de deporte, sino también zonas de sombra para jugar o charlar. Si quieres profundizar en estas cuestiones, visita nuestra tienda de libros sobre ciudades globales.
En resumen, se trata de devolverle el espacio público a la ciudadanía. Un espacio que no sea solo de paso, sino de estancia y encuentro. Al incorporar la voz de las mujeres, las infancias y otros colectivos en el diseño de plazas, parques y calles, conseguimos que estos lugares sean más seguros, más amables y más vivos. No es una cuestión de «favorecer» a un grupo, sino de construir ciudades más justas y saludables para todos. Porque un banco en un parque no es un lujo, es una necesidad para la convivencia. Un paso de cebra bien iluminado no es un capricho, es un derecho a la seguridad. Al final, un urbanismo con perspectiva de género es simplemente un mejor urbanismo, que pone la vida en el centro y reconoce que la ciudad la hacemos entre todas las personas que la habitamos.
La aplicación de la perspectiva de género interseccional al urbanismo trasciende la mera inclusión de cuotas o la adición de un capítulo sobre «mujeres» en los planes directores. Implica una reestructuración metodológica integral que debe operar en tres niveles clave: el epistemológico, el procedimental y el programático. A nivel epistemológico, es necesario deconstruir el ses andro y etnocéntrico del conocimiento urbanístico tradicional, reconociendo la experiencia situada de los cuerpos no normativos como fuente de conocimiento válido para el diseño. La metodología de la Triple Dimensión ofrece un marco robusto, pero su eficacia depende de su alimentación con datos interseccionales: mapas de uso del tiempo, encuestas de percepción de seguridad desagregadas por género y edad, y análisis de accesibilidad cognitiva y física. La georreferenciación de la oferta y demanda de cuidados, como propone la CEPAL en el Compromiso de Buenos Aires, es una herramienta indispensable para diagnosticar las «desiertos de cuidados» urbanos.
A nivel procedimental, el reto es ir más allá de la participación ciudadana tokenista. Procesos como el desarrollado en el Parque Bidebieta, que integran el diseño colaborativo real desde el diagnóstico hasta la priorización de inversiones, son ejemplares. La clave está en utilizar herramientas que aseguren la representación de voces diversas: talleres con horarios adaptados a las jornadas de cuidados, servicios de conciliación durante las sesiones, y dinámicas específicas con colectivos migrados o personas con diversidad funcional. El resultado no es solo un diseño más inclusivo, sino un empoderamiento comunitario que fortalece la gobernanza local. Las diez acciones priorizadas en Bidebieta (desde la eliminación del estanque inseguro hasta la regeneración de un espacio para jóvenes) demuestran que las soluciones técnicas deben emerger de un diálogo horizontal entre el saber técnico y el saber de la experiencia. Para el profesional avanzado, el desafío ya no es defender la teoría, sino dominar la práctica de una metodología participativa híbrida y no extractivista, que legitime el proceso político de la co-creación urbana como vector principal de la justicia espacial.
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